Hay un momento en el que el desgaste deja de sentirse como una crisis y empieza a sentirse como normalidad. Colombia lleva un buen tiempo en ese momento. El caos institucional ya no sorprende. La inseguridad ya no indigna de la misma forma. Los proyectos que no arrancan, los presupuestos que no se ejecutan, las promesas que se repiten con distintas caras: todo eso se fue acomodando en el fondo del paisaje, como algo que simplemente es parte del modelo.
Eso es lo más peligroso. No la crisis en sí, sino el momento en que dejamos de exigir que las cosas funcionen.
Según el DANE, más del 60% de los colombianos considera que el país va por mal camino. La confianza en las instituciones lleva varios años cayendo. La inversión extranjera directa retrocedió. Y según el Barómetro de las Américas, la percepción de inseguridad sigue en aumento sostenido.
Pero hay un número que habla más duro que todos esos: en la primera vuelta presidencial de 2022, más del 54% de los colombianos habilitados para votar no fue a las urnas. Más de la mitad del país no decidió. Y mientras tanto, los que sí fueron eligieron por todos los demás.
La abstención no es neutralidad. Es delegación involuntaria del poder. Nos acostumbramos a votar desde la rabia o a no votar desde el desencanto. Ambas son formas de rendirse. La rabia elige sin medir consecuencias. El desencanto deja que otros escojan por uno. Y entre los dos, terminamos atrapados en una política que convirtió la confrontación en método de gobierno, y el espectáculo en sustituto de la gestión.
Gobernar no es pelear. Gobernar es resolver. Y resolver requiere algo que no se improvisa: conocimiento del Estado, experiencia en la toma de decisiones difíciles, y la disciplina de sostener un rumbo cuando la presión aprieta.
El próximo liderazgo que llegue a la Casa de Nariño no puede llegar a aprender en el cargo. No porque ese lujo no exista en otros países o en otros momentos, sino porque Colombia, en este momento, no está en condiciones de pagarlo. La institucionalidad está fragil. La confianza, erosionada. Los márgenes de error, estrechos.
No se trata de elegir entre izquierda o derecha. Se trata de elegir entre improvisación y preparación. Entre seguir apostando al cambio como promesa vacía, o construir sobre lo que sí funciona mientras se corrige lo que no camina bien.
Colombia necesita esperanza, sí. Pero una esperanza que entienda que transformar un país no es incendiarlo todo y empezar de cero. Es tener la capacidad sostenida de reconstruir, corregir, ejecutar. De hacer que las cosas vuelvan a funcionar, aunque eso sea menos cinematográfico que una revolución.
Las democracias no se deterioran únicamente por los malos gobiernos. Se deterioran cuando los ciudadanos dejan de participar. Cuando el desencanto le gana a la responsabilidad. Cuando votar parece un gesto inútil en lugar de lo que es: el acto más barato y más poderoso que tiene un ciudadano para incidir en su propio futuro.
Todavía estamos a tiempo de hacerlo bien. Pero el país no puede improvisar, esta vez NO.