Éramos niños cuando los que para nosotros eran viejos, eran justamente aquellos a los que llamábamos viejitos, los que de manera habitual usaban ruana, caminaban poco, tomaban café y fumaban tabaco. De esos viejitos que conocimos cuando estábamos niños ya no queda ninguno; de hecho, muchos se fueron hace varias décadas.
Después de los “viejitos” estaban los adultos, muchos de los cuales se convirtieron en viejitos hace algunos años, tanto así que ya hemos enterrado a varios de ellos. Muchos otros hoy son viejitos, algunos bastante enfermos.
Luego venían los jóvenes, a quienes mirábamos con bastante envidia en nuestros años mozos. Ellos hoy rondan los 70 años, es decir, están en transición a viejitos, algunos más firmes que otros que ya se ven bastante agotados y desgastados.
Después estábamos nosotros, los que nunca creímos que también seríamos viejitos y que hoy ya no nos cocinamos con tres hervores, como dicen las abuelas.
Este recorrido por la longevidad tiene como propósito hacerlos caer en cuenta del desgaste que han sufrido los que eran muchachos cuando nosotros éramos niños, y de las profundas afectaciones que esos cambios generan en su calidad de vida. Ya no son los rozagantes jóvenes que resistían el uso y el abuso, que amanecían cada ocho días detrás de una mesa llena de botellas vacías, que podían soportar largas caminatas con cargas pesadas, que se bañaban borrachos y volvían a salir, que empezaban a trabajar a las 4 de la mañana y llegaban del cafetal a las 7 de la noche.
Hoy no pasan de ser hombres y mujeres con altísimos niveles de dependencia en aspectos tan simples como el baño, la caminata, el acceso a medicamentos y, lo más importante, una inmensa dependencia afectiva.
Uno de los mayores cambios en la sociedad actual es que las familias ya no son tan numerosas como antes, lo que conlleva que el cuidado de los viejos de hoy deba brindarlo otro viejo, pues ya no hay hijos suficientes para asumir esa tarea. Quizás por ello las ciudades se han llenado de hogares de paso para adultos mayores, con tarifas en ocasiones elevadas, pero en todo caso con cupos agotados.
Creo, salvo mejor opinión, que nadie se imagina lo que significa que el viejo fortachón pase a ser una figura débil que usa pañal, recibe sopitas y camina con caminador. Eso solo se entiende cuando se vive, cuando llega el momento que nadie esperaba y cuando se ve al viejo reducido de manera permanente a la cama.
Pareciera que los viejos tuvieran una batería que se va agotando. Por eso, encienden de vez en cuando, se les va la luz de manera permanente, no funcionan los sistemas y, lo peor, no existe cargador que permita revivir esa fuente inagotable de energía. Los jóvenes se volvieron viejos y nosotros, los que éramos niños, ya vamos en camino de usar ruana, caminar poco y tomar café. Ante lo cual cabe preguntar ¿qué tan preparados estamos para ese momento en que la batería empieza a agotarse?