Con los calzones en la mano

El IDEAM lo confirmó: los primeros días de mayo registraron temperaturas históricas en varias regiones del país. Noticia que no sorprende a nadie que haya estado prestando atención, porque llevamos meses escuchando las advertencias. Y aun así, aquí estamos: desprevenidos.
Los expertos no lo llaman El Niño. Lo llaman el Súper Niño y su  probabilidad de ocurrencia ya supera el 92%, o sea, es un hecho, y cuatro de cada diez modelos climáticos lo proyectan como el más fuerte jamás registrado. El fenómeno se consolida entre mayo y agosto, con septiembre como su punto más brutal. Menos lluvia, más calor. Simple en el enunciado, devastador en las consecuencias.
El problema de la energía
Colombia depende en más del 70% de la generación hidroeléctrica. Sin lluvias, los embalses bajan, las hidroeléctricas no alcanzan y toca recurrir a las térmicas, que funcionan con gas. Bajo condiciones de sequía, el sistema podría enfrentar un déficit equivalente al consumo total de una ciudad como Bucaramanga. Y ese hueco no aparece de la nada: para 2026 se proyectaba la entrada de 5.304 megavatios de nuevos proyectos, pero al cierre de 2025 menos del 14% había iniciado trámites. Llevamos años sabiendo que esto venía y seguimos sin construir la infraestructura necesaria.
El problema del gas
Colombia pasó de importar el 4% del gas en 2024 al 20% en 2025. El gas importado cuesta casi el triple que el nacional, y ese sobrecosto ya llegó a las facturas: en Bogotá las tarifas subieron un 36% en 2025 y en Medellín un 22%. Para rematar, el país solo tiene una regasificadora operando, la SPEC LNG en Cartagena, con capacidad para procesar 400 millones de pies cúbicos diarios en un país que consume aproximadamente 1.100 millones. Durante el Súper Niño, ese gas irá primero a las térmicas. Comercios, industrias y hogares se disputarán lo que sobre. Si no se incorporan nuevos campos, en 2029 Colombia podría depender en un 56% de gas importado. Traducción: la factura seguirá subiendo.
El problema de los alimentos
El café, el arroz, el maíz, la carne y la leche son todos sensibles a la sequía, y los números del último «Niño» en 2024 lo demuestran sin rodeos: 16.740 animales muertos, 454.307 cabezas de ganado desplazadas y más de 703.000 hectáreas arrasadas por la falta de agua. Para este evento, Corficolombiana proyecta que la inflación de alimentos podría subir hasta 3,9 puntos porcentuales. En resumen: lo que hoy cuesta mil, mañana costará mucho más, y los que menos tienen serán los primeros en sentirlo.
El problema de los incendios
Como telón de fondo, incendios forestales. El IDEAM reportó un incremento alarmante en las alertas por incendios de cobertura vegetal, con la región Caribe concentrando el 65% de los municipios en riesgo solo entre el 1 y el 8 de mayo. Y estos incendios son atendidos por cuerpos de bomberos voluntarios, llenos de valentía pero vacíos de equipos, mangueras y salarios dignos. Un país que después de tantos años sigue sin resolver algo tan básico.
Lo que cada uno puede hacer
Aquí no se trata de esperar a que el Gobierno resuelva lo que lleva décadas sin resolver. Se trata de entender que el agua, el gas y la energía van a ser, muy pronto, más caras y más escasas, y que cada gota y cada kilovatio que desperdiciamos hoy es una deuda que pagaremos mañana, con intereses.
El Ministerio de Minas ha sido claro: el uso eficiente y el ahorro de energía no deben darse únicamente por la llegada del fenómeno, sino que deben hacer parte de nuestra cultura. Apagar las luces que no se usan, revisar las fugas de agua, no dejar los grifos abiertos, reducir el consumo en horas pico. Suena a consejo de cartilla escolar, pero en un país donde la infraestructura no da para más, los hábitos ciudadanos importan y mucho.
Lo más irritante de todo esto es que el fenómeno del Niño no es ninguna sorpresa. Ocurre cada 2 a 7 años, los científicos lo anuncian con anticipación, y tenemos décadas sabiéndolo. No es un hecho fortuito, no es fuerza mayor.
Es, simplemente, que nos volvió a coger con los calzones en la mano.