La comunicación ya no es como antes, en nada se parece a la que tradicionalmente conocíamos, la manera de acceder a la información está cambiando, y con ella, la forma de hacer política.
Las últimas consultas dejaron una lección clara, mientras algunos partidos siguen apostando por los viejos formatos, otros comprendieron que el poder ya no está solo en las plazas ni en los discursos, también está en las pantallas.
El caso del Pacto Histórico lo demuestra. Aunque muchos han dejado de defenderlo, logró mantener una gran influencia gracias a figuras poco conocidas en la política tradicional, pero profundamente conectadas con la audiencia digital. En Bogotá, una influenciadora ocupó el segundo lugar en votación, y en Antioquia, Senado y Cámara fueron liderados por dos creadores de contenido alternativos. La ciudadanía ya no sigue solo a los partidos; ahora sigue pensamientos, causas y personas con las que se siente identificada.
La política cambió de escenario. Ya no se construye desde el atril, sino desde la conversación. Ya no se mide por multitudes reunidas en una plaza, sino por interacciones, visualizaciones y conexiones reales en el mundo digital. El algoritmo sustituyó la ovación por el clic. Y lejos de rechazarlo, los políticos debemos entenderlo, adaptarnos y usarlo para conectar con propósito.
Los jóvenes y buena parte de los adultos, ya no asisten a reuniones por invitación. Buscan convicciones en redes, encuentran líderes que los representen a través de una pantalla y construyen comunidad sin necesidad de cercanía física. No piden visitas periódicas ni promesas presenciales; piden coherencia, presencia constante y contenido que los escuche y los motive. En otras palabras, hoy no se exige presencia, se exige permanencia.
Y ahí está el gran desafío de la nueva política, entender que la comunicación no es solo estrategia, es coherencia y encuentro digital. No basta con tener redes; hay que tener discurso, claridad y propósito. No basta con sumar seguidores; hay que generar confianza, conversación y sentido.
Se aproximan las elecciones al Congreso, quizás las más importantes del país. En ellas se define mucho más que un mapa político, se define el tipo de liderazgo que queremos. Los congresistas no solo deben tener votos, deben tener criterio, capacidad de estudiar, proponer y decidir con responsabilidad.
Ojalá esta nueva era digital sirva para que los ciudadanos investiguen antes de dar “seguir”, para que el algoritmo no premie solo la popularidad, sino la profundidad del mensaje. Y que los políticos entendamos, de una vez por todas, que no se trata de aparecer más, sino de comunicar mejor.
Porque hoy la política no se gana gritando más fuerte, se gana «conectando» de mejor manera.