No decidir también es una forma de destruir

A finales de los años 80, Pablo Escobar introdujo ilegalmente cuatro hipopótamos en la Hacienda Nápoles. Sin control ni manejo, hoy superan los 160 individuos: la población más grande fuera de África. Lo que empezó como una excentricidad se convirtió en un problema ecológico sin precedentes en el país.

Con una gestación de cerca de ocho meses y crías cada dos o tres años, sin depredadores naturales y con abundancia de agua y vegetación, su expansión por la cuenca del río Magdalena es acelerada. Comando territorios que van más allá de esa Antioquia que lo vio crecer.

El impacto es documentado: son especie invasora. Alteran la calidad del agua por sus desechos, modifican ecosistemas acuáticos y desplazan fauna nativa. Son además altamente peligrosos: territoriales, impredecibles y responsables de múltiples ataques a humanos. En Colombia ya hay incidentes registrados en municipios del Magdalena Medio, donde comunidades ribereñas conviven con animales que pueden superar las tres toneladas y correr hasta 30 kilómetros por hora.

En África son responsables de la muerte de entre 500 y 1500 personas por año.

¿Qué alternativas existen? La esterilización química, con compuestos como el GonaCon, se ha ensayado en Colombia y es la opción que más defienden quienes se oponen a la eutanasia. El problema es matemático: con la tasa de reproducción actual, esterilizar lo suficientemente rápido para estabilizar la población exigiría capturar, sedar y tratar decenas de animales al año, cada uno con un procedimiento de alto riesgo y costo. Los estudios estiman que tomaría décadas ver resultados.

El traslado internacional enfrenta obstáculos similares: permisos, logística, costos multimillonarios y años de gestión. Los santuarios, por su parte, no resuelven el crecimiento: sostener un solo hipopótamo implica costos permanentes y por demás, bastante elevados.

Mientras tanto, la población sigue aumentando. Por eso, aunque no es una decisión cómoda ni agradable, la eutanasia entra a la discusión. No como opción deseable, sino como medida de control frente a un problema que creció durante décadas sin decisiones de fondo.
No es la primera vez que pasa. En muchos países se han tomado medidas semejantes cuando han tenido que controlar especies invasoras: conejos en Australia, jabalíes en Europa, pez león en el Caribe. El hipopótamo genera más apego emocional que esas especies, y ese apego es comprensible. Pero el criterio no puede ser el carisma del animal: tiene que ser el equilibrio del ecosistema y la seguridad de las comunidades.

Algo que el afecto por estos animales no puede cambiar: no es culpa de ellos. Es el resultado de una irresponsabilidad humana que hoy exige correcciones. El debate tiene una carga emocional legítima. Y precisamente por eso las decisiones deben tomarse con criterio técnico, no sentimental.

No hay soluciones perfectas. Hay decisiones necesarias. Y cuando el Estado llega tarde, casi siempre tiene que elegir el menor de los daños.

Los que se oponen a la eutanasia, no proponen medidas mejores o menos impactantes, simplemente hablan desde el apego o desde la ignorancia, y la verdad es que este problema tiene tanto peso, que no podemos seguir aplazando esta decisión que ahora más que nunca, es urgente.