Soy congresista, pero a veces es mejor callarlo

Con la celebración del día de los trabajadores llegó a mi pensamiento una pregunta: ¿qué celebra cada trabajador y qué espera de él la sociedad? Los médicos celebran la vida; la sociedad espera diagnósticos acertados. Los pilotos celebran el servicio de llevar personas a su destino; la sociedad espera que lleguen bien. Los mineros celebran regresar a casa al final del día; la sociedad espera que su trabajo se convierta en desarrollo regional. Los abogados celebran obtener justicia; la sociedad espera que su comportamiento sea ético.

No puedo dejar de ocuparme de un trabajo en el que sus empleados parecen profundamente desconectados de sus deberes, y donde la sociedad ha perdido la fe. Me refiero al Congreso, y a los trabajadores que allí nos llamamos congresistas.

En cuatro años no he logrado entender por qué las sesiones de comisión y plenaria nunca empiezan a la hora citada. Si se convoca a las 2, el quórum se conforma a las 4. Si se cita a las 4, a las 6. Es la única empresa donde casi nadie llega a tiempo, y nadie dice nada, nadie sanciona, nadie reclama.

Muchos congresistas llegan tarde, se registran y se vuelven a ir: trabajan literalmente un minuto por jornada. Otros se retiran durante la sesión, rompen el quórum, y obligan a continuar otro día. Y nadie dice nada, nadie sanciona, nadie reclama.

El Congreso es una empresa donde se nos contrata para estudiar, comparar, analizar y resolver. Muchos resuelven, saltándose los tres primeros pasos.

En cuatro años, ninguna ley se ha aprobado con la asistencia completa de todos sus miembros: en la Cámara, de 188 representantes, los proyectos suelen aprobarse con 120 o 130 presentes, en el mejor de los casos.

Los debates de control político, tarea esencial del Congreso, brillan por su ausencia. Y lo más indignante: cuando ocurren, no terminan por agotarse el tema, sino por falta de quórum.

Hay colegas que en cuatro años no han presentado un solo proyecto, no han sido ponentes de ninguna ley, no han realizado un debate, no han dejado ni una constancia. Y, sin embargo, posan de excelsos congresistas.

Esta empresa llamada Congreso no debería marchar muy orgullosa el 1 de mayo. Más que celebrar, tenemos mucho que corregir, mejorar y ajustar. No podemos olvidar que somos trabajadores al servicio de un pueblo que espera que, de nuestra mano y amparados en las leyes, lleguen los cambios que este país demanda.