Este Viernes Santo, un grupo de personas irrumpió en la iglesia de San Francisco, en el centro de Bogotá, durante el viacrucis. Gritaron palabras soeces, portaron cadenas con símbolos religiosos invertidos, usaron prendas de látex y maquillajes oscuros y la Policía Nacional tuvo que intervenir para restaurar el orden y permitir que el acto religioso continuara.
No es necesario ser católico para entender que eso estuvo mal.
En Colombia se ha vuelto costumbre hablar de diversidad. Se levantan banderas, se hacen marchas, se dan discursos. Pero hay un momento incómodo que ese discurso suele evitar: el de respetar lo que no se comparte, lo que no gusta, lo que no encaja en ciertas narrativas.
La Constitución de 1991 es precisa en este punto. El artículo 19 garantiza la libertad de culto y el 18 va más lejos y explica que nadie será molestado por sus convicciones o creencias, ni forzado a actuar en contra de su conciencia.
El Estado colombiano es laico, sí. Pero laico no significa hostil a la o las religiones. Significa ser neutral frente a todas.
Que la Iglesia Católica haya tenido históricamente un rol dominante en Colombia no le quita a ningún feligrés su condición de persona con creencias propias, legítimas y merecedoras de respeto. El poder de una que tuvo o no una institución no cancela la dignidad de quien cree.
Y hay algo más que el discurso de la diversidad suele olvidar: lo tradicional también es diverso. La diversidad no es sinónimo de lo nuevo, lo emergente o lo que hoy ocupa el centro del debate público.
Diversidad significa pluralidad real, lo que implica incluir también lo que lleva siglos existiendo. La fe católica, las procesiones de Semana Santa, los ritos religiosos que millones de colombianos practican, no son la ausencia de diversidad. Son parte de ella. Que una expresión cultural o espiritual sea mayoritaria no la hace menos legítima ni menos merecedora de protección. Y mucho menos la hace objeto de ataques solo porque a los «nuevos» les molesta lo de los » viejos «
Convivir en una sociedad plural no significa que todos estén de acuerdo. Significa que todos puedan existir sin que los demás se lo impidan. Eso incluye a quienes marchan con banderas arcoíris, a quienes rezan el rosario en una iglesia colonial, a quienes no creen en nada y a quienes creen en todo. El límite no lo define la simpatía. Lo define un principio básico que hoy parece olvidado: mis derechos terminan donde empiezan los tuyos.
Asumir, en nombre de la diversidad, que ciertas creencias merecen más respeto que otras tiene un nombre. No es libertad, no es resistencia. Es hipocresía.
Valdría la pena preguntarse como estarían los colectivos si los participes de una eucaristía se lanzarán a la calle a sabotear una marcha del orgullo o un pride.
No se trata de polemizar se trata de convocar al respeto recíproco. Dar para recibir, respetar para ser respetado.