La muerte de 15 jóvenes en desarrollo de operaciones militares contra las disidencias de Iván Mordisco y otros actores, vuelve a mostrar la tragedia que el país se niega a enfrentar, los menores siguen siendo reclutados, presentados como combatientes y usados como escudos humanos, con lo cual resultan expuestos dentro de los polígonos donde se desarrollan las operaciones por parte del ejército, en contra de los delincuentes, sin que exista una estrategia seria para protegerlos.
Cada niño reclutado es una derrota del Estado. No solo porque evidencia la ausencia institucional en territorios dominados por estructuras criminales, sino porque destruye proyectos de vida, revienta familias, profundiza las desigualdades y perpetúa ciclos de pobreza, violencia y estigmatización. La realidad es directa: donde no hay oportunidades ni Estado, la ilegalidad recluta.
Las operaciones contra cabecillas como Mordisco son necesarias, pero deben cumplir estándares estrictos de protección a la infancia. La muerte de menores no puede normalizarse como “daño colateral”. Se requiere inteligencia rigurosa, protocolos claros y rendición de cuentas sobre cada acción que involucre presencia de menores.
El reclutamiento no se combate solo con fuerza. Se combate con educación, presencia estatal real, oportunidades económicas y programas de prevención que identifiquen a tiempo a los jóvenes en riesgo. También se necesita judicializar no solo a los comandantes, sino a toda la red que captura, traslada y utiliza a los menores.
El país debe asumir tres tareas urgentes:
1. Transparencia absoluta en las operaciones y sanciones cuando fallezcan menores.
2. Prevención real, con inversión educativa y alternativas económicas en zonas vulnerables.
3. Reintegración seria, con apoyo psicosocial y rutas que restauren derechos y permitan reconstruir vidas.
La violencia sigue robándonos generaciones enteras. Mientras la infancia siga atrapada entre la pobreza y los fusiles, Colombia no podrá hablar de paz ni de seguridad. Proteger a nuestros niños no es un gesto de sensibilidad, es una obligación moral y política. Solo cuando el Estado ocupe los territorios antes que los fusiles, dejaremos de contar muertos y empezaremos a contar futuros.
Lo más grave del asunto es que el Estado debe garantizar que no haya bombarderos si en el lugar hay menores, lo cual es bien conocido por los cabecillas de las disidencias, que justamente por esa razón los reclutan, para evitar los bombardeos y así poder seguir haciendo de las suyas.