Hay historias que no se olvidan. No porque duelan, sino porque se convierten en combustible para avanzar. Hay frases que, lejos de frenar, terminan recordándonos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir.
Antes de ser alcalde de Manizales escuché algo que jamás se me borró de la memoria. Algunos políticos, mientras reconocían mi preparación, mi experiencia laboral y mi trayectoria, decían con absoluta convicción que el hijo de un campesino no podía ser alcalde de una ciudad como esta.
Esa frase no me debilitó. Por el contrario, me reafirmó. Me llenó de orgullo por mis raíces, por ser hijo de un recolector de café, de un padre que sin estudios decidió invertir su esfuerzo en educar a sus hijos y darme la oportunidad de ser abogado para defender derechos, tal como lo he hecho durante toda mi vida pública.
Venir de la vereda La Cabaña no fue una limitación, fue una escuela. Allí aprendí a entender las necesidades reales de la gente, no desde los escritorios, sino desde la vida misma. Comprendí que cuando en una vereda se pide energía eléctrica o el alumbrado público no es un lujo, es seguridad para niñas, jóvenes y familias que no deberían vivir con miedo cuando cae la noche. Entendí que cuando un campesino exige vías no lo hace para comprar carro, lo hace para que su cosecha no se pierda en el camino y para que el alimento pueda llegar a las ciudades.
Comprendí también que la seguridad no puede ser un privilegio urbano. Muchas familias campesinas han tenido que abandonar lo único que tenían para huir de la violencia, del desplazamiento forzado o de la presión de grupos ilegales. Esa realidad me enseñó que gobernar es mirar a todos los territorios con el mismo respeto.
Ser campesino me enseñó disciplina. Me enseñó a levantarme antes de que salga el sol. Antes lo hacía para ayudar en la recolección de café; hoy lo hago para estudiar, analizar y buscar soluciones que lleven oportunidades a quienes históricamente no las han tenido.
Y cuando llegué a cargos de liderazgo, nunca olvidé que gobernar significa hacerlo para todos: para quienes tienen oportunidades y para quienes aún las esperan. Porque negar que existen poblaciones olvidadas sería tapar el sol con un dedo. Durante décadas, muchas decisiones se han tomado lejos de las realidades sociales, desconectadas de la vida cotidiana de la gente.
En casi 40 años de vida pública tampoco he olvidado a mis amigos, a la gente de mi vereda, a quienes nunca me llamaron “doctor”, sino “Tocayo”, una manera de ser reconocido que llevo con orgullo. Fueron ellos quienes me enseñaron el valor de la palabra, del trabajo y del compromiso. Ellos han sido siempre mi motor para seguir en la política.
Por eso creo firmemente que el origen no define la capacidad de gobernar. La política no puede seguir siendo un privilegio heredado ni un escenario reservado para unos pocos. La política debe ser una vocación, una pasión por servir y una responsabilidad con la gente.
Colombia necesita líderes que conozcan el país real, que entiendan sus dificultades porque las han vivido, que sepan que las decisiones públicas no son discursos, sino herramientas para transformar vidas.
Hoy sigo convencido de lo mismo que aprendí en la finca: cuando se trabaja con disciplina, con conocimiento y con amor por la gente, no importa de dónde se venga, importa hacia dónde se quiere llevar a una región y a un país.
Porque el origen no limita. El origen forma. Y cuando se gobierna con raíces firmes, se gobierna con el corazón puesto en la gente.
Tal vez por todo eso es que tengo muy claro que siempre he tenido el sueño de trabajar por un territorio con MAS OPORTUNIDADES