Llevo no meses, sino años en esta campaña. Porque para mí una campaña no es salir a repetir quién soy o enumerar lo que he hecho. Una campaña, cuando se toma en serio, es un ejercicio de conciencia, de constancia, de permanenciay de perseverancia. Es una invitación a que la gente se interese por la política y, sobre todo, por quienes la ejercen, porque son ellos quienes toman decisiones que terminan afectando o beneficiando cada aspecto de nuestra vida.
Siempre he creído que los políticos deberían estar en evaluación permanente. No basta con ganar una elección; hay que rendir cuentas todos los días. Por eso me parece fundamental que cada ciudadano se pregunte cómo votó ese congresista al que le entregó su confianza, qué postura asumió frente a una reforma, cómo piensa la persona que hoy representa sus intereses, sus derechos y sus luchas.
Porque las leyes no son discursos. Las leyes moldean un país. Definen el rumbo de la salud, del trabajo, de la seguridad, de las vías, de la educación. Detrás de cada voto hay consecuencias reales para millones de personas.
La historia demuestra que incluso los países con recursos, con gente trabajadora y con potencial pueden deteriorarse bajo malas decisiones. Un mal gobierno puede desdibujar años de esfuerzo colectivo. Pero también ocurre lo contrario: un liderazgo firme y decisiones claras pueden transformar realidades que parecían inamovibles. El caso de El Salvador es un ejemplo innegable de que cuando hay determinación política, las cifras y la percepción ciudadana pueden cambiar, en este caso para bien.
Por eso digo que no solo es saber por quién se vota, sino por qué se vota. Se vota porque se conocen sus ideas. Porque se confía en su experiencia. Porque ha demostrado coherencia entre lo que dice y lo que hace. Porque entiende las leyes y, más importante aún, entiende la realidad.
Mi llamado nunca ha sido a votar por un nombre. Ha sido a votar con criterio. A votar con memoria. A votar con razones.
Y si algo he querido demostrar en estos años de gestión es que mi aspiración no se sostiene en un discurso, sino en resultados. Que no se trata de pedir confianza, sino de justificarla.
Porque al final, la política no debería ser un acto de fe. Debería ser una decisión basada en razones.